Siempre tendremos Albuquerque: ‘Better Call Saul’

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| DR. JABBERWOCKY |

Hay grandes ideas que pueden salir muy mal. Cuando se tiene un hit entre manos es fácil perderse en la gloria, tratar de emular un nuevo éxito capaz de igualar o superar al primero se convierte en un calvario las más de las veces, sin importar cuán talentoso y creativo se pueda ser, nada garantiza el regreso a la cima.

El artista se conforma con el rol de artesano, suele casarse con la idea que le hizo famoso. El compromiso a un concepto se torna en ocasiones una obligación, una demanda por parte del público al cual se le acostumbra con estándares de calidad y se le ilustra mediante estilos muy definidos.

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Claramente el fracaso siempre está al acecho, un ligero tropezón y lo que tardó años en construirse termina en escombros en un chasquido, no son necesarios los guiños a Mili Vanili, Heroes, McCaulay Culkin o Superman Returns, o eso quiero pensar.

Con las series de tv pasa lo mismo a la hora de querer dar continuidad a determinada fórmula, bastan Joey, The Lone Gunmen, The Carrie Diaries o The Cleveland Show, para confirmarlo.

Con Better Call Saul ha ocurrido algo único, no se trata de un aborto de Breaking Bad, ni de su familiar adoptado o menos del Jon Snow de su propio universo y aunque todavía está lejos de gozar del relativo éxito de algunos spin offs de culto como Futurama o Torchwood, la serie creada por Vince Gilligan ya comienza a perfilarse como favorita para los próximos años.

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¿Si no fuera por Breaking Bad, pelaríamos a Saul? Quien jamás ha visto Breaking Bad de forma deliverada difícilmente se sentirá atraído por el show, tal como ya escribió Emily Nussbaum en su columna del New Yorker, aunque no sea requisito ver la primera para entenderla.

La vemos porque extrañamos ese mundo heisenbergiano (cutre, despiadado y hasta trágico) donde Walter White pasó de ser mártir, a ¿antihéroe?/¿Villano? Por eso también gozamos de las escabrosas manipulaciones de los Underwood, o de los vericuetos de Westeros, donde la supervivencia es directamente proporcional a la malicia, o cuando menos eso nos ha enseñado el mundo creado por George R.R. Martin.

Y por fin hemos caído en cuenta sobre lo poco que conocíamos a Saul Goodman. Separarle de la sombra de Heisenberg nos ha dado una nueva perspectiva sobre su ecosistema, aunque irónicamente, darle una hoja en blanco para escribir su historia no cambiará su destino, pero vamos ¿qué es más gacho? ¿Morir o terminar de gerente en uno de esos localillos de comida rápida?

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A Bob Odenkirk no le cuesta trabajo interpretar a su personaje, no porque no sepa actuar, sino porque lo conoce a fondo, ahora tan sólo está descubriendo facetas nuevas. Puede que no sea el más virtuoso actor, pero sí uno muy versátil, el ADN cómico de SNL y Mr. Show que posee Odenkirk ha sido inyectado en la personalidad de James McGill, cuyas peripecias resuenan a sketch.

El origen de Saul Goodman (S’all good, Man!) es una puesta en escena que transita entre lo cómico y lo desalentador, en este sentido tiene el potencial de desarrollarse a la larga más libremente que Breaking Bad. Con todo, Better Call Saul es un animal por entero distinto a su progenitora en tono y grado de tensión.

Se nos presenta la paradoja del huevo y la gallina, Albuquerque antes de Albuquerque, mucho antes de los Pollos Hermanos, las metanfetaminas, la pizza en el techo y el botín en el desierto, menos melodramático y mejor cohesionado (Gilligan aprendió de los errores cometidos durante las primeras temporadas de su magnum opus), aquí en vez de angustia encontramos tristeza, ello vuelve a la historia tan irresistible como plausible, y por momentos, incluso más oscura, no se dejen engañar por la estética “neón”.

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La intención de Gilligan al mostrarnos el pasado de Saul en James McGill ha sido más bien monográfica. Lo ha logrado de forma satisfactoria, aunque en sí se trate de una empresa innecesaria. Claro, todos amamos las sutiles referencias a BrBa, la aparición de Tuco o el pasado de Mike donde Jonathan Banks consigue excelentes escenas con artificio, pero para apreciar esta serie debemos tratarla aparte, como biopic de McGill y ya.

Precisamente por ello no nos tiene al borde del asiento ni con el alma en un hilo, carece de aquellos descabellados momentos de profunda angustia o de metas argumentales, pues el objetivo no es mostrarnos qué ocurre con Saul después de verle renunciar a su identidad en “Granite State” de ninguna manera.

James McGill demuestra ser más que el bufón malandrín inventado por Gilligan en un principio, por más que su personalidad mantenga dichas características. Se trata de un hombre talentoso, aunque la ética profesional no sea lo suyo todo el tiempo, mas lo que le falta de inteligencia, lo compensa con astucia. Durante esta primera temporada le vimos luchando contra sí mismo, renegando de sus mañas y su juventud.

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Propenso a la decepción y a la falta de oportunidades para sobresalir como un abogado exitoso por mérito propio, James vive a la sombra de su hermano Chuck. Resulta aún más irónico el juicio de Chuck sobre la mediocridad de James y sus salidas fáciles, cuando él vive en la negación de sus propios trastornos.

Su hermano es la encarnación del progreso y el “deber ser”, y teniéndolo en cuenta, su relación con él se vuelve un catalizador aspiracional al intentar alcanzar dicho ideal moral de acuerdo a su propio entendimiento, un afán de reivindicación bastante común sobre quienes la sociedad ejerce presión al hacerles creer que han malgastado sus vidas. Tras descubrir la verdad, la tóxica dependencia hacia su hermano se torna una de las causas que le orillan a tomar el camino ya por todos conocido.

Mientras la historia de Walter comenzó con un hombre rico en muchos sentidos, la de Saul/Jimmy va de un hombre miserable, cuya estabilidad pende de un acantilado al no encontrar un sostén sólido al cual aferrarse. El embustero Jimmy es víctima de la Schadenfreude, nuestro voyeurista interno disfruta de sus desgracias y equivocaciones ante el constante rondín de la fatalidad, pues mientras Walter alcanzó la grandeza, Saul, como Sísifo, está predestinado a la derrota.

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Para este entonces suena riesgoso aseverar que BCS es superior en alguna forma a BrBa, no estamos ante una tragedia contemporánea, y la historia recién encuentra su tono tras probar algunas subtramas inconsistentes con respecto a la trama principal, especialmente el caso de los Kettleman. Tomar en consideración su progresiva genialidad hacia el futuro de la serie (la transición del punto Jimmy al punto Saul) sería condescendiente y hasta miope por ahora, a lo mucho pondría en evidencia que no hemos visto BrBa en un buen rato.

No debemos confundirnos, aunque el génesis de ambas series se halla en la frustración y caen en paralelismos arquetípicos, el ritmo de Saul es en última instancia más parecido al de Mad Men, se vale de una imperante libertad para hacer lo que le venga en gana con la historia sin que BrBa se vuelva una consecuencia directa.

Las precuelas suelen caer en territorio inhóspito y si somos más o menos objetivos sabemos que no todo funcionó durante la primera temporada al asumirla como una entrega singular y aislada, quizá todo tome más forma el siguiente año, aunque no hemos de restarle mérito a su innovación, no existe otra serie de su tipo, mucho menos otro caso de éxito similar.

Better Call Saul es una serie imperdible con la cual nos podemos relacionar fácilmente, una narración sobre la ruta hacia un terreno restringido, representa los descalabros que enfrentamos en nuestro camino por averiguar quiénes queremos llegar a ser, se trata de la historia millenial por excelencia donde la meta no es tan importante como disfrutar el viaje, pues al fin y al cabo, siempre tendremos Albuquerque y de aquella lejana meta lo sabemos ya todo.

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