Siempre tendremos Albuquerque: ‘Better Call Saul’

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| DR. JABBERWOCKY |

Hay grandes ideas que pueden salir muy mal. Cuando se tiene un hit entre manos es fácil perderse en la gloria, tratar de emular un nuevo éxito capaz de igualar o superar al primero se convierte en un calvario las más de las veces, sin importar cuán talentoso y creativo se pueda ser, nada garantiza el regreso a la cima.

El artista se conforma con el rol de artesano, suele casarse con la idea que le hizo famoso. El compromiso a un concepto se torna en ocasiones una obligación, una demanda por parte del público al cual se le acostumbra con estándares de calidad y se le ilustra mediante estilos muy definidos.

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Claramente el fracaso siempre está al acecho, un ligero tropezón y lo que tardó años en construirse termina en escombros en un chasquido, no son necesarios los guiños a Mili Vanili, Heroes, McCaulay Culkin o Superman Returns, o eso quiero pensar.

Con las series de tv pasa lo mismo a la hora de querer dar continuidad a determinada fórmula, bastan Joey, The Lone Gunmen, The Carrie Diaries o The Cleveland Show, para confirmarlo.

Con Better Call Saul ha ocurrido algo único, no se trata de un aborto de Breaking Bad, ni de su familiar adoptado o menos del Jon Snow de su propio universo y aunque todavía está lejos de gozar del relativo éxito de algunos spin offs de culto como Futurama o Torchwood, la serie creada por Vince Gilligan ya comienza a perfilarse como favorita para los próximos años.

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¿Si no fuera por Breaking Bad, pelaríamos a Saul? Quien jamás ha visto Breaking Bad de forma deliverada difícilmente se sentirá atraído por el show, tal como ya escribió Emily Nussbaum en su columna del New Yorker, aunque no sea requisito ver la primera para entenderla.

La vemos porque extrañamos ese mundo heisenbergiano (cutre, despiadado y hasta trágico) donde Walter White pasó de ser mártir, a ¿antihéroe?/¿Villano? Por eso también gozamos de las escabrosas manipulaciones de los Underwood, o de los vericuetos de Westeros, donde la supervivencia es directamente proporcional a la malicia, o cuando menos eso nos ha enseñado el mundo creado por George R.R. Martin.

Y por fin hemos caído en cuenta sobre lo poco que conocíamos a Saul Goodman. Separarle de la sombra de Heisenberg nos ha dado una nueva perspectiva sobre su ecosistema, aunque irónicamente, darle una hoja en blanco para escribir su historia no cambiará su destino, pero vamos ¿qué es más gacho? ¿Morir o terminar de gerente en uno de esos localillos de comida rápida?

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A Bob Odenkirk no le cuesta trabajo interpretar a su personaje, no porque no sepa actuar, sino porque lo conoce a fondo, ahora tan sólo está descubriendo facetas nuevas. Puede que no sea el más virtuoso actor, pero sí uno muy versátil, el ADN cómico de SNL y Mr. Show que posee Odenkirk ha sido inyectado en la personalidad de James McGill, cuyas peripecias resuenan a sketch.

El origen de Saul Goodman (S’all good, Man!) es una puesta en escena que transita entre lo cómico y lo desalentador, en este sentido tiene el potencial de desarrollarse a la larga más libremente que Breaking Bad. Con todo, Better Call Saul es un animal por entero distinto a su progenitora en tono y grado de tensión.

Se nos presenta la paradoja del huevo y la gallina, Albuquerque antes de Albuquerque, mucho antes de los Pollos Hermanos, las metanfetaminas, la pizza en el techo y el botín en el desierto, menos melodramático y mejor cohesionado (Gilligan aprendió de los errores cometidos durante las primeras temporadas de su magnum opus), aquí en vez de angustia encontramos tristeza, ello vuelve a la historia tan irresistible como plausible, y por momentos, incluso más oscura, no se dejen engañar por la estética “neón”.

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La intención de Gilligan al mostrarnos el pasado de Saul en James McGill ha sido más bien monográfica. Lo ha logrado de forma satisfactoria, aunque en sí se trate de una empresa innecesaria. Claro, todos amamos las sutiles referencias a BrBa, la aparición de Tuco o el pasado de Mike donde Jonathan Banks consigue excelentes escenas con artificio, pero para apreciar esta serie debemos tratarla aparte, como biopic de McGill y ya.

Precisamente por ello no nos tiene al borde del asiento ni con el alma en un hilo, carece de aquellos descabellados momentos de profunda angustia o de metas argumentales, pues el objetivo no es mostrarnos qué ocurre con Saul después de verle renunciar a su identidad en “Granite State” de ninguna manera.

James McGill demuestra ser más que el bufón malandrín inventado por Gilligan en un principio, por más que su personalidad mantenga dichas características. Se trata de un hombre talentoso, aunque la ética profesional no sea lo suyo todo el tiempo, mas lo que le falta de inteligencia, lo compensa con astucia. Durante esta primera temporada le vimos luchando contra sí mismo, renegando de sus mañas y su juventud.

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Propenso a la decepción y a la falta de oportunidades para sobresalir como un abogado exitoso por mérito propio, James vive a la sombra de su hermano Chuck. Resulta aún más irónico el juicio de Chuck sobre la mediocridad de James y sus salidas fáciles, cuando él vive en la negación de sus propios trastornos.

Su hermano es la encarnación del progreso y el “deber ser”, y teniéndolo en cuenta, su relación con él se vuelve un catalizador aspiracional al intentar alcanzar dicho ideal moral de acuerdo a su propio entendimiento, un afán de reivindicación bastante común sobre quienes la sociedad ejerce presión al hacerles creer que han malgastado sus vidas. Tras descubrir la verdad, la tóxica dependencia hacia su hermano se torna una de las causas que le orillan a tomar el camino ya por todos conocido.

Mientras la historia de Walter comenzó con un hombre rico en muchos sentidos, la de Saul/Jimmy va de un hombre miserable, cuya estabilidad pende de un acantilado al no encontrar un sostén sólido al cual aferrarse. El embustero Jimmy es víctima de la Schadenfreude, nuestro voyeurista interno disfruta de sus desgracias y equivocaciones ante el constante rondín de la fatalidad, pues mientras Walter alcanzó la grandeza, Saul, como Sísifo, está predestinado a la derrota.

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Para este entonces suena riesgoso aseverar que BCS es superior en alguna forma a BrBa, no estamos ante una tragedia contemporánea, y la historia recién encuentra su tono tras probar algunas subtramas inconsistentes con respecto a la trama principal, especialmente el caso de los Kettleman. Tomar en consideración su progresiva genialidad hacia el futuro de la serie (la transición del punto Jimmy al punto Saul) sería condescendiente y hasta miope por ahora, a lo mucho pondría en evidencia que no hemos visto BrBa en un buen rato.

No debemos confundirnos, aunque el génesis de ambas series se halla en la frustración y caen en paralelismos arquetípicos, el ritmo de Saul es en última instancia más parecido al de Mad Men, se vale de una imperante libertad para hacer lo que le venga en gana con la historia sin que BrBa se vuelva una consecuencia directa.

Las precuelas suelen caer en territorio inhóspito y si somos más o menos objetivos sabemos que no todo funcionó durante la primera temporada al asumirla como una entrega singular y aislada, quizá todo tome más forma el siguiente año, aunque no hemos de restarle mérito a su innovación, no existe otra serie de su tipo, mucho menos otro caso de éxito similar.

Better Call Saul es una serie imperdible con la cual nos podemos relacionar fácilmente, una narración sobre la ruta hacia un terreno restringido, representa los descalabros que enfrentamos en nuestro camino por averiguar quiénes queremos llegar a ser, se trata de la historia millenial por excelencia donde la meta no es tan importante como disfrutar el viaje, pues al fin y al cabo, siempre tendremos Albuquerque y de aquella lejana meta lo sabemos ya todo.

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Adiós a Fleming, adiós “Duquesa”: ‘Archer’ Temporada 6

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| DR. JABBERWOCKY |

“Ciertamente bien parecido… más al estilo de Hoagy Carmichael. Ese cabello negro cayéndole por encima de la ceja derecha. Con casi los mismos huesos. Pero había algo un tanto cruel en su boca, y los ojos, eran fríos.” 

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La elocuente descripción que la Oficial Gala Brand hace de James Bond en la novela Moonraker es un fiel testimonio de los atributos más emblemáticos del espía británico creado por Ian Fleming, moldeado según su idiosincrasia, muy de alcurnia, muy burgués. El 007 simboliza una letal apoteosis, cena mujeres marinadas en martini agitado, nunca mezclado; duerme con una Beretta automática bajo la almohada y desayuna muerte acompañada de omelette.

James Bond representa a un apuesto dios ejecutor cuya mirada asesina sin piedad, tal como Fleming lo imaginó, galante, como su hermano Peter, a quien idolatraba o como Conrad O’Brien-ffrench, oficial de MI6, espía y esquiador profesional, el cual sirvió de inspiración tras un breve encuentro con el escritor en Kitzbühel, Austria.

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Después de James Bond ha habido “ene” cantidad de espías, imitadores, simulaciones y pastiches.

Hoy el cine, la literatura y la televisión son socorridos por el mito del Agente 007 y así concurren los tiempos del agente secreto menos refinado y más ramplón, de los mercenarios y los pasquines ideológicos cuyas tretas se basan menos en el sigilo y más en la fuerza bruta, de acrobacias chapuceras propias de payasos que intentan tomarse en serio un papel que ni les va ni les viene, sí, lo digo por ustedes Jack Bauer y Frank Martin.

Y pese a lo populachero que se ha vuelto este club antes exclusivo para tahúres rusos, fantásticos magnates megalómanos y glamorosas operaciones encubiertas, siempre ha habido cierta pertinencia para el humor soez en este tipo de narraciones, sea como sátira de la estirada y fría elegancia encarnada por Sean Connery o de la mofa a los hitos que tanto le han dado de comer a la industria cultural hollywoodense, especialmente cuando la risa ha encarado a los horrores post “Septiembre 11” con dejos de gusto kitsch y decadencia pura, pues sólo el horror de la incontenible risa es capaz de anular al horror de la perplejidad ante tal tragedia.

Así, durante seis temporadas Archer ha pasado de ser una pantomima burlesca de James Bond a una comedia ingeniosa, lasciva, autoextensiva y metareferencial más allá del cansado paradigma del espionaje. Sterling Malory Archer, nombre en clave: “Duquesa”, no sólo posee la cruel boca (por Dios, alguien deténgalo de decir alguna estupidez) o la helada mirada de Bond, también exacerba sus subtextos, del narcisismo y el abuso de los lujos, a la hipersexualidad o la misoginia, ello adornado de racismo, ineptitud y obscenidad que lo hacen uno de los personajes más políticamente incorrectos de la ficción televisual.

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tumblr_nkvmv0tCke1qbysf3o3_250La serie animada creada por Adam Reed ha tenido sus altas y bajas, desde luego, pero pocos programas del mismo corte pueden colgarse las medallas de este y muchos harían bien en codiciarle lo intrépido, pues el espectador, por más fanático que sea, no siempre es tan indulgente.

Claro, sin The Simpsons, South Park o Family Guy no habría Archer, especialmente si los consideramos como los shows progenitores de Adult Swim, bloque animado de Cartoon Network donde Reed comenzó su carrera, mas innegable es que el show al cual H. Jon Benjamin da voz e iconicidad ha superado con creces cualquier intento de innovación por parte de alguna de estas series durante al menos una década.

 ¿The Danger Zone?

Archer se sitúa en un momentum televisivo en el cual héroes, antihéroes y personalidades fallidas han convergido, una época definida por The Sopranos como punto de inicio y Mad Men acomodado en la conclusión (no es coincidencia que Archer se parezca a Don Draper); a símil de esta última, la animación ha logrado desplazar su paródico tono ajusticiado por viles e incompetentes personajes -pese a la gracia que causan sus aventuras y personalidad-, al terreno de la más única de las estupideces humanas, la del error por incompetencia.

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Después del arriesgado movimiento que supuso Archer: Vice el año pasado, la sexta entrega de la serie nos devolvió al equipo de ineptos a territorio conocido. Mientras la parodia de Miami: Vice desvió la historia del entonces ex-agente Sterling Archer y compañía hacia las filas del narcotráfico tras volar en pedazos las oficinas centrales de ISIS (International Secret Intelligence Service), la temporada seis ha regresado al show a su origen, a la labor que mejor saben -o pensándolo bien, no saben- hacer sus personajes.

Este año ha significado más un derroche de nostalgia, un guiño a las mejores misiones que Archer tuvo durante sus primeros cuatro años al aire, cuando se daba esa transición entre un “wannabe” James Bond y el único y desagradable Sterling Archer.

Claro, las referencias políticas han vuelto junto a todas las alusiones a películas y series de televisión ochenteras o aquellos guiños a gadgets y eventos actuales. Técnicamente el show está mejor que nunca, la calidad de la animación continúa siendo sublime mientras da movimiento a todo el diseño inspirado en la franquicia de Grand Theft Auto.

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La bebé de Lana y Archer impulsó la trama hacia la expectación y Reed probó combinando ese cambio con clásicas persecuciones en los Alpes y misiones en Buenos Aires. Las apariciones de algunos favoritos es de aplaudirse, como Katya Kazanova, la ex esposa cyborg de Sterling con vagina desmontable; o del one-hit wonder, Conway Stern, de la primera temporada; y claro, la aparición de Barry nos dio el episodio más brillante de la temporada, “Edie’s Wedding”, un ingenioso y divertido crossover entre Terminator y la serie de FX, Fargo, el cual contó con la aparición de Allison Tolman, protagonista de ésta última, como la hermana envidiosa de Pam.

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La vuelta a lo básico ha sido gratificante, Reed por fin ha entendido a sus personajes a pesar de forzarlos a regresar a una trama por demás conocida aunque desgastada, y sí, mucho de ese humor característico se sintió en deterioro conforme la temporada avanzó suavemente hacia su siguiente ciclo.

Archer sigue siendo un pendejazo, pero el final del estira y afloja entre Lana y él significó una bocanada de aire fresco, pues lo vimos ser “mejor” persona… bueno, sólo un poquito; el rol de Malory se vio reducido al de niñera, y aunque estuvo ausente las más de las veces, verla tildar a la bebé de gorda hizo alusión una vez más a Lucille Bluth de Arrested Development, como era de esperarse; y el hecho de que Pam y Archer se asumieran como mejores amigos nos hace coincidir sobre el continuo arrojo de Reed al hacer crecer a sus personajes.

Por supuesto, no todo funcionó. Cyril continuó siendo un elemento más del mobiliario de oficina; las mutilaciones de Ray se han vuelto decadentes; la ausencia de Woodhouse causó varias confusiones; y la actitud de Krieger estuvo bastante forzada, haciendo que los momentos más hilarantes continuaran siendo los de Cheryl/Carol y su psicopatía.

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¿Ha llegado Archer a su propia zona de peligro?Obvio no, Reed se ha dado cuenta que el espionaje como tema ya no cuadra con lo hecho durante los últimos años. La serie surgió en su inicio como una representación hiperbólica de lo peor de James Bond, pero al crecer los personajes, al develar las brillantes referencias anacronísticas a las cuales se ha hecho alusión capítulo a capítulo y al convertir a Archer en un tipo capaz de pensar en alguien más que en sí mismo, ha expandido el potencial de la historia a horizontes nuevos.

Así, el final de temporada en dos partes, “Drastic Voyage”, nos llevó al que quizá sea el último viaje de estos ineptos a la fantasía del espionaje cuando la CIA los contrata para salvar a una de las mentes más brillantes del planeta de un tumor incrustado en el cerebro y lo que comenzó como una aventura en miniatura por los confines del cuerpo humano, concluyó en un impactante, aunque no tan inesperado fracaso para el equipo de inútiles.

Rememorando el viaje al espacio o aquel al fondo del mar, Archer terminó saudade su sexto año, con un epílogo para una historia que ha terminado un ciclo y comenzará otro en un formato aún menos convencional, quizá como Magnum P.I., o como CSI, no se sabe, mas de facto se entiende que la serie no volverá al tema del espionaje de la misma forma, pues tanto Reed como los personajes doblados por Aisha Tyler, Amber Nash, Judy Greer, Chris Parnell, Jessica Walter y Lucky Yates han aceptado el agotamiento de los chistes en ese ámbito.

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Algo hemos de aceptar, esta temporada ha funcionado mejor que Vice, se ha logrado mantener como un año sólido y cómodo aunque repetitivo.

La aparición de los padres de Lana, la “remodelación” de las oficinas originales ya sin el acrónimo distintivo (gracias al Estado Islámico le dijimos adiós a ISIS por obvias razones), la continua participación de Christian Slater, aquél encerrón en el ascensor y la genial aparición de Matthew Rhys, espía de The Americans (otra de FX), significaron tan solo algunos de los momentos más memorables de toda la serie en su totalidad.

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No queda duda de que Archer fue en sus inicios una bufonada de aquella deidad letal de boca cruel y mirada fría, pero ha llegado el momento de regresarle todos los méritos a Bond porque la serie no necesita más de él. Muy lejos del 007, Reed y H. Jon Benjamin se han despedido de Ian Fleming con un equipo de desempleados, una bebé que pronto necesitará liposucción, un cyborg abiertamente gay muriendo de septicemia en una carretilla a la mitad del desierto y una irónica sensación de inmortalidad, sólo resta que “Duquesa” cuelgue sus amados cuellos de tortuga tácticos, pues todo apunta a que sus días de espía han llegado a su fin.

 

 

 

 

 

‘Unbreakable Kimmy Schmidt’: Females are strong as hell!

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| DR. JABBERWOCKY |

Necesitamos reír. Necesitamos reír porque las cosas no suelen estar bien cuando uno quiere. Quien diga que es totalmente feliz no sabe qué dice o es un mediocre, pues la vida no es ni remotamente rosa tal como Louis C.K. nos ha insistido con su procaz estilo.

A ver, aun así hay motivos para alegrarse por esos placeres que de pronto se presentan, como burlarse del mal ajeno, pues al final del día, una buena carcajada habrá de sacudirnos si aprovechamos esas oportunidades para celebrar el infortunio de otros y Unbreakable Kimmy Schmidt, la última comedia lanzada en Netflix, da fe de ello.

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La historia de Kimmy cuenta con el ADN de Tina Fey, quien desde Saturday Night Live se ha destacado por ser una de las mujeres más atrevidas del medio, sólo igualada por su compinche, Amy Poehler. Entre el Weekend Update de SNL y la hilarante 30 Rock hay varios años de diferencia y Unbreakable resume su carrera al reunir el talento de Fey con el de Robert Carlock, un camarada de esos que son ávidos con la pluma, no por nada su carrera ha ido de hit en hit, de Friends a 30 Rock.

No, no es cualquier sitcom y sí, el humor es brutal. Para empezar la idea nació en los pasillos de NBC, pero como los ejecutivos tienen fama de retardados, decidieron pasar con el proyecto y fue allí cuando nuestro amado Netflix lo acogió y lo hizo famoso sin los grilletes y censuras impuestas por la tele abierta.

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Lo que le falta en elegancia, lo compensa en ingenio, aunque no está de más decir que los guiños a Mi novio atómico (1999) son inevitables. Ellie Kemper (The Office) interpreta a una niñata recién salida de un bunker donde vivió 15 años secuestrada, junto a cuatro mujeres, por el líder de un culto apocalíptico, un tal Reverendo Richard Wayne Gary Wayne.

Las “Mujeres Topo” de Durnsville, Indiana, son rescatadas muy tarde, pero retomar sus vidas no resulta sencillo y es allí donde la cosa se pone extraordinaria para Kimmy Schmidt cuando decide comenzar de cero en Manhattan, claro, ¿por qué no? Tras ser entrevistadas en The Today Show y salir con bolsas de regalos mientras miembros del staff agradecen al unísono “Thank you, victims, thank you”, Kimmy decide dejar atrás su oscuro pasado y darse una nueva oportunidad.

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Unbreakable Kimmy Schmidt carece de la sofisticación narrativa de, por ejemplo, Louie, y tampoco posee el grado de exageración surreal de su coetánea, Man Seeking Woman, otro ejemplo de comedia bien lograda. Si el tono es colorido y animoso como cualquier aventura de los Muppets, también cuenta con siniestros subtextos de humor cáustico reminiscentes de Arrested Development, e incluso, por momentos se atreve a ir más lejos que las primeras temporadas de ésta, las referencias a las ocurrencias del clan Bluth son casi obligatorias.

La tragedia se halla presente en forma sonrisas y optimismo, sin duda inspirada en las historias de tantas mujeres secuestradas y abusadas en la clandestinidad de algún sótano oscuro. Con todo y ello la serie evita burlarse de dichas situaciones, como Emily Nussbaum del New Yorker hizo notar, por el contrario, las asimila y expresa, desde su núcleo más profundo, pues la tragedia y la comedia provienen de la misma cloaca. Tras la fachada enérgica y los alegres tumbos desbordantes de ingenuidad, Kimmy vive el trauma de su abducción y vive las consecuencias con hilaridad.

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Muchos espectadores miopes no han logrado entender el rol de los estereotipos raciales en esta serie, como en muchos otros casos.

El humor parte de una parodia de cómo dichos estereotipos son apreciados por la sociedad y su doble moral. Así, en su camino Kimmy consigue un roomie, Titus Andromedon (Tituss Burgess), una jefa, Jacqueline Voorhees (Jane Krakowski) y un pretendiente, Dong Nguyen (Ki Hong Lee). Mientras Titus es un homosexual afroamericano que ama cantar, actuar en Broadway y tantas joterías más; Jacqueline es una esposa trofeo ricachona que reniega de su origen nativo-americano a la par de personificar quizá los peores vicios de la clase alta; y Dong es un inmigrante vietnamita que recuerda a Annyong de Arrested Development, quien además de ser bueno para las matemáticas no habla bien el inglés y trabaja como repartidor. 

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En un mundo donde incluso las publicaciones de entretenimiento como Deadline se preguntan si ha habido “demasiados” papeles para minorías étnicas y raciales en pantalla durante el último año, la comedia de Fey y Carlock surge como una cachetada a la doble moral norteamericana, no sólo por la diversidad de su elenco, sino por poner a una mujer blanca como la optimista heroína de una historia no tan feliz en la cual también se burlan de los blancos de manera implacable.

A diferencia de otro hit como Jane the Virgin, la cual ha subvertido dichos estereotipos, Unbreakable ha optado por darle un giro y parodiar la realidad misma sin tapujos, aunque le falte un poco de rudeza al hacerlo, ya habrá de pulirse en su siguiente temporada.

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Incluso el tema de entrada hace alusión a dicha idea: “They alive, dammit. It’s a miracle. But females are strong as hell!”. La emoción es incontenible cuando la letra celebra de facto a las mujeres, quienes aguantan a lo largo de sus vidas una cantidad de eventos que un hombre no sufre, de los dolores menstruales, al parto, pasando por los ataques físicos y verbales en nombre de la misoginia y el sexismo.

Unbreakable no es perfecta ni completamente innovadora, el final de temporada se sintió anticlimático y encima de todo, la serie está en deuda con otras tantas como la ya mencionada Arrested Development, The Nanny, Friends (sin la legendaria “Smelly Cat” no existiría la genial “Pinot Noir”) y con otra joya de la NBC, Will & Grace, sería tonto no ver en Jack y Karen el molde esencial para crear a Titus o a Jacqueline. Pese a todo, brilla con luz propia durante trece formidables episodios que van mejorando al sucederse y ello es gracias a Kemper y compañía, incluidos los cameos de Jon Hamm y Kiernan Shiepka de Mad Men.

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Kimmy Schmidt ambiciona vivir el momento, experimentar aquellos eventos que se perdió durante quince años y al hacerlo, soltar una ola de referencias al pasado que causan más de una risa. Aun cuando su animo se ve medianamente fraguado por los constantes madrazos que la vida le mete, Kimmy “La inquebrantable” le hace frente, el show sigue la “filosofía” (mas no el tono) de la difunta Joan Rivers y vuelve lo insoportable algo gracioso, chispeante y ágil con punch lines escritas de forma soberbia.

En un espectro donde los casos reales están reservados para los dramas más serios, Unbreakable Kimmy Schmidt es un día primaveral en un mes donde las tormentas eléctricas y las inundaciones abundan, ello sólo nos puede dejar ansiando más: It’s a miracle… dammit!


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Cuando el mundo no basta: ‘House of Cards’ temporada 3

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| DR. JABBERWOCKY |

Recuerdo muy bien que de chavito no tenía tanto interés en los temas de adultos como me ocurre ahora, es bastante lógico. Por aquella época, era común la emisión de spots políticos entre caricatura y caricatura, mismos aparentemente destinados al aburrimiento de los morrillos, quienes, sin más ni más, preferíamos apagar el televisor, vamos, no todos fuimos tan afortunados de tener una consola para distraernos. Hoy las cosas han cambiado, gozamos con los dimes y diretes de la polaca, pero más, de imaginar intrigas.

Ya sea porque somos grilleros sabiondos o porque somos adictos a la tensión, House of Cards siempre ha parecido como uno de los más accesibles dramas que logran captar esa adicción adquirida por el escándalo en las esferas del poder, ¿o qué? ¿Leen Newsweek sólo por enterarse del día al día? Al final el chisme se camufla de noticia.

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La serie de Netflix ha dado de qué hablar desde su gestación tanto como Scandal o The Good Wife lo han hecho, y es que en verdad el drama político de hoy es firme heredero del affaire entre Bill Clinton y Monica Lewinski durante los noventa.

Resulta hilarante la imaginación de los guionistas y productores a la hora de ver lo descabellado de las maquinaciones entre los aristócratas norteamericanos y es que para quienes somos ajenos a ese entorno, no podemos sino recrear un tipo de intriga muy similar en nuestras ignorantes cabecitas, pese a cualquier representación exagerada.

Ahora sí, hora de SPOILERS. 

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En su tercera temporada, los Underwood nos dan moralejas de humildad, no tanto porque la pareja más poderosa del mundo tenga en lo alto tal concepto, su arrogancia nos ha dejado apreciar que hacer política con puño de hierro es una espada de Damocles, y en veces la retribución asesta su golpe por el lado donde el punto ciego es vuelve causante de más de una fatalidad.

Tras superar el cansado “estira y afloja” entre Frank y el empresario Raymond Tusk el año anterior, el ex congresista muestra su lado más humano a la fecha al derrumbarse cuando su ambiciosa iniciativa, America Works, se ve frustrada ante la oposición republicana sumada a la de su propio partido en el momento en que estos retiran su apoyo al plan de reelección a la presidencia.

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En su propia versión de “la noche triste”, el POTUS se desmorona entre sollozos ante la impotencia, sin embargo, enfundado desde el berrinche. Claire ha figurado todo este tiempo como la mano derecha del Comandante en jefe, pero si alguno llegó a pensar que Claire era su única y verdadera debilidad, el giro de tuerca hacia el final de la presente temporada da una lección que a más de uno habrá de dejar boquiabierto.

Quizá el personaje más sorprendente continúa siendo Claire, aunque esta vez ha gozado con altibajos en su popularidad entre los espectadores, a diferencia de lo ocurrido entre los votantes, donde ha sido acogida. De alguna forma, el personaje interpretado por Robin Wright comienza a sufrir de los mismos contragolpes que Skyler White en Breaking Bad por ir a contracorriente de su esposo y aunque no estoy del todo de acuerdo con el repentino cambio en Claire y toda la sensiblería casi desbordante que guió sus acciones durante esta temporada, especialmente durante su enfrentamiento con el Presidente Petrov, es innegable que funcionó como un gran game changer.

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Podrán decir que la Primera Dama ha estado errática últimamente y concuerdo, le bajado dos rayitas a la mujer fría y despiadada heredera de Maléfica que apreciamos en las temporadas anteriores, aunque ello no signifique necesariamente su conversión al bien más puro, esto es House of Cards, no Touched by an Angel y ello quedó sentado durante el corrosivo encuentro entre ella y el embajador ruso en el sanitario de damas o en su amenazador acercamiento a la embajadora de Israel al tiempo de obligarlos a cooperar por el plan de paz en el Valle del Jordán.

La política es sucia y Claire se ha vuelto casi un mártir de ella pese a demostrar su funcionalidad. En una sola temporada ascendió a embajadora de la ONU; se embolsó a la Secretaria de Estado, Cathy Durant; fue humillada por el presidente ruso; presenciar el suicidio de un activista la llevó a voltear el juego al mismo Petrov y a arruinar los planes de su marido de un tirón; y finalmente, su cabeza fue entregada en bandeja de plata en orden de resolver un conflicto en la frontera de Jordania, poniéndola de vuelta donde empezó.


anigif_enhanced-13229-1425669036-2No quiero alarmar a nadie, es tan sólo mi perspectiva y creo que la serie de Beau Willimon ha perdido un poco su encanto, su agudeza y la elegancia que le distinguió en la primera temporada, aunque no pierda ni de lejos su ambición. Esta ocasión ha optado por presentarnos a varias instancias contrarias al tremendo Frank en diversos frentes en vez de proponer a un contrincante digno.anigif_original-grid-image-20882-1425669063-12

Si bien el Congreso y la diplomacia rusa le pusieron contra la pared, no lograron medrar su voluntad ni un poco y hacia el final, cuando Heather Dunbar se postuló a la candidatura por la presidencia, todos imaginamos una cacería de brujas encabezada por la susodicha protectora de la Constitución, gran sorpresa nos llevamos al verla caer en la misma cloaca de sus oponentes: más rápido cae un hablador que un cojo.

House of Cards ha preservado su fascinación por sembrar impacto y sorpresa en el espectador, elemento que durante su segunda temporada le resultó un éxito no sin accidentes, habrán de recordar cuando Frank, Claire y Meechum, sostienen relaciones sexuales o más todavía, el homicidio de Zoe Barnes.

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Aunque he de confesar que la intriga se ha visto minimizada en favor de una serialización más pulida del conflicto político, tal como en su momento hizo The West Wing, el drama no ha dejado de hacernos salivar de ansiedad en momentos como el debate entre candidatos, donde Jackie Sharp salió a relucir como el bulldog de un dueño malintencionado.

En esta entrega quien no dejó de sorprender fue el presidente ruso Viktor Petrov, interpretado con gracia por Lars Mikkelsen en una alegoría a Vladimir Putin. Más que una crítica a la política interior y exterior de Rusia, la puesta en escena puso en evidencia, más a forma de comentario, la soberbia del mandatario, la cual va muy de la mano con la idiosincrasia existente en aquel país, aunque no haya aportado nada concreto salvo una pincelada bien ejecutada que brilló más por sí misma, que por el cameo insignificante de las Pussy Riot. Sí, hizo enfurecer a Frank, pero el contacto con Claire (del beso en Washington a la humillación en Moscú) dio origen a la tormenta perfecta.

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Por su parte, Frank siguió dando muestras de cómo su tiranía ha rendido frutos hasta ahora, pero ¿por cuánto tiempo más? Su arrogancia le ha llevado a perder todo aunque su astucia lo ha equilibrado. Con cada vez menos aliados, AmWorks pasó de ser el robo del siglo tras succionar los fondos de FEMA, a ser polvo en cuestión de horas tras la amenaza de un huracán más fuerte que él, un meteoro con trayectoria hacia la Costa Este.

Estuvimos ante un Frank Underwood con temple férreo, como ha sido de esperar y en consecuencia su crecimiento ha sido nimio, mas la notoria apatía sentida hacia él por parte de su gabinete, sus conocidos y los votantes lo han desequilibrado, si ha logrado mantenerse a flote ha sido gracias a la popularidad de Claire.

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Esta tercera temporada ha sido por mucho superior a la anterior, pero no todo ha ido viento en popa, las inconsistencias en la trama han sido arrastradas más allá de lo sostenible y como prueba está todo lo relativo a Doug. Pese a la magnífica y siniestra actuación de Michael Kelly, a quien al divisar su silueta en aquel pasillo oscuro la primera vez que contacta a Dunbar no hace sino causar escalofríos, su alcoholismo, la paranoia, sus tratos con el hacker Gavin, la estúpida subtrama de Rachel Possner y sus intentos por recuperar la confianza de los Underwood mediante la manipulación de Heather Dunbar se sintieron forzados, patéticos, innecesarios y torpes, especialmente hacia la conclusión.

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House of Cards ha llegado a un punto en el cual su historia se está estirando rumbo al absurdo. El pivote que implicó la inclusión del escritor Tom Yates funcionó como un gran catalizador entre el desplome de Claire y la confesión de Frank, pero a últimas se topó con pared y en el final, los guionistas le restaron lirismo.

Se ha vuelto inconsistente porque no puede voltear a ver consecuencias fuera de lo predecible, comienza a abordar giros muy melodramáticos y sus personajes secundarios están sumidos en la unidimensionalidad ¿o es que alguien va a llorar la renuncia de Remy Denton?

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Obtener la Casa Blanca ha resultado sencillo y apresurado, pero esta tercera entrega ha puesto a los Underwood a quebrarse la cabeza por conservar su hegemonía, lo cual les ha venido en forma de retribución y de ruptura, jamás la pareja se había encontrado en tal cisma.

No hace falta que esperen por un adversario digno, ese final de temporada nos lo revela con una poderosa puesta en jaque para toda la administración actual y lo que venga, y nadie lo vio venir, lo cual, a pesar de cualquier intención telenovelesca, se sostiene esencialmente como repercusión de dicho cisma ante el proclive talante del personaje interpretado por Kevin Spacey, quien habrá de menguar su severidad de querer ganar las elecciones el próximo año.

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A Frank se le están acabando las cartas, la manipulación sólo puede funcionar como impulso unas cuantas veces porque House of Cards no es Scandal, su ambición pareciera ir en serio pero no lo logra debido a la enorme cantidad de vicios narrativos sobre su espalda.

El más grande problema de esta extraordinaria serie es que el mundo no basta para alcanzar la última satisfacción, en consecuencia, al no tener claro en qué estriba dicha satisfacción, el mundo se mantendrá inalcanzable.

¿Por qué tanto hype? No es la serie vanguardista que nos venden, es evidente, mas con todo sigue siendo en extremo disfrutable al debatirse entre su fantástica beligerancia y la aquiescencia del espectador, dure lo que ésta deba durar.

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‘Happy Valley’: bucolismo y abandono

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|DR. JABBERWOCKY|

Pareciera sintomático retratar los fragmentos de una civilización quebrantada, de Estados fallidos que inspiran a historias con las cuales podamos identificar la pérdida y el abandono, la ominosa ausencia de justicia que se ve traducida en la metáfora del pequeño pueblito aislado donde, o pasa mucho y nadie hace nada, o aquel donde nunca ocurre nada y cuando ocurre todos se enteran: pueblo chico, infierno grande dirían.

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En este ciclo vicioso donde las ambiciones y la codicia se enmarcan, nos encontramos con un boom de relatos en las que el crimen no alcanza a pagar todas las vidas que queda a deber, tanto las lloradas como las jamás nombradas. Poco a poco se desvanece en el zeitgeist aquel cuento donde el “bien” triunfa, porque el mundo no trabaja así y quien lo atestigua clama por las escalas de gris vividas a diario, aun cuando existan ciertos ingenuos renuentes a aceptar las cosas como vienen, “amor fati”, dijo Nietzsche.

Así, nos encontramos con un lineup de dramas de temática similar, desde Broadchurch, The Killing o The Fall, hasta True Detective y Fargo, por lo cual está de más asimilar la dificultad que implica crear un argumento innovador y, más todavía, una ambientación tensa, especialmente cuando tenemos material precedente con una calidad soberbia a la hora de lograrlo, como fueron Twin PeaksThe Wire y Breaking Bad. ¿Por qué querríamos ver series actuales teniendo estos referentes? En verdad es muy sencillo, las ansiedades urbanas y rurales más locales necesitan representarse renovadas y en sincronía con las preocupaciones sociales del mundo y como ejemplo sólido se encuentra Happy Valley.

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Este drama británico, que de antemano evoca la ya mencionada adaptación televisiva del filme de los Coen, carece de una premisa innovadora, presenta el típico suburbio británico donde se da un crimen donde la codicia es uno de los motivadores en ausencia de un enigma a resolver. Happy Valley prescinde de las ínfulas estéticas de sus coetáneas, no incluye la pesada sutileza de Hannibal, ni el humor oscuro de Fargo, la contemplación de inspiración neo-noir de True Detective o mucho menos el esteticismo vacuo de cualquiera de los CSI.

No nos confundamos, es un drama sencillo en términos visuales (aunque ello no lo hace menos cuidado, sino en todo caso pedestre), pero más que ser una serie de crimen es un relato sofocante, personal y sobrecogedor en el cual la vida de la Sargento Catherine Cawood se ve golpeada por la tragedia al suicidarse su hija tras haber sido víctima de violación y cargar con el producto del perpetrador, a quien Catherine decide criar con ayuda de su hermana, una ex adicta a la heroína, al costo del cisma irreparable con su esposo y su hijo.

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En un pueblo donde el tráfico de drogas y otros delitos se ven minimizados por las máximas autoridades al restar apoyo a las tareas de vigilancia, Cawood y su cuerpo policíaco mantienen un temple inquebrantable al preservar la civilidad en la comunidad, aunque sus esfuerzos sean, lamentablemente, insuficientes. Las cosas dan un giro cuando Kevin Weatherhill, uno de los habitantes del valle, tiene la ocurrencia de secuestrar a la hija de su jefe cuando le es negado un aumento y  comete el error de mencionar la idea a un allegado con cierto historial delictivo que no le ve nada de descabellado y decide llevarla a cabo con la ayuda del violador de la hija de Cawood, Tommy Lee Royce.

Happy Valley es un retablo vivo y gris del aislamiento en comunidad que transmite una especie de claustrofobia ante la tensión escalada capítulo tras capítulo. Interpretada con virtuosismo por Sarah Lancashire, sobre quien el drama recayó la mayor parte del tiempo, la serie nos vuelve testigos de esta compulsión nihilista y bucólica donde la esperanza existe sólo en forma de analgésico. El problema de fondo, el cual es apenas rasguñado, no termina de engranar en el arco narrativo aunque poco importa, el programa se centra en una espiral en descenso donde la salud mental y física de un personaje tan determinado y pragmatista como Catherine Cawood se ve afectada al punto de la obsesión.

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El resto del reparto está tan extraordinario como Lancashire, tan solo un peldaño abajo de ella. Desde Steve Pemberton (Inside No. 9 y Psychoville), quien encarna a un Weatherhill emasculado, hablando figuradamente; hasta James Norton como Tommy Lee Royce, personaje que hace palpable la dificultad de adaptarse a las normas sociales y que, por primera vez en mucho tiempo, nos deja apreciar la bestialidad de un villano en vez de glorificarlo.

El drama, realizado y escrito con lirismo por Sally Wainwright, es uno de esos ejemplos brillantes donde la violencia y la brutalidad ponen los pelos de punta, volviéndonos espectadores desnudos y vulnerables. En este tenor, su gran triunfo se basa en la repartición de la retribución al mostrarnos cómo el microcosmos se ve afectado por los sucesos, cómo las familias de los personajes sufren las consecuencias y cómo lidian con ellas, lo cual pone a prueba nuestro concepto de moral.

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Se trata de un programa que contiene en sí una fuerte crítica a las instituciones, a los procedimientos judiciales, a la misoginia, al edadismo y a la burocracia; logra conmovernos, pero también atraparnos con su fría ironía al confrontar a su personaje principal con la realidad “a secas”, donde hasta el más ejemplar de los habitantes del valle oculta un vicio irreconciliable, por nimio que parezca.

Happy Valley presenta en última instancia un desarrollo novelezco y cuenta con suficientes giros de tuerca para no ser predecible, sino esencialmente patética sin caer en la violencia gratuita o en el derramamiento innecesario de sangre. Al contrario, todo lo que muestra es vital para construir un relato así de potente, el cual ha sido capaz de arrastrarnos desde el lugar más familiar al entorno más incómodo, aquél donde cada quien debe asumir la responsabilidad de sus propias acciones. Si todos habitáramos este territorio inhóspito, las narraciones no se verían en la necesidad de recordarnos nuestros errores de una forma tan visceral y despiadada, quizá estaríamos en los inicios de un sistema más justo o, cuando menos, nos levantaríamos con la conciencia tranquila cada mañana.

 

‘Rosemary’s Baby’ por Zoe Saldaña o “¿cómo cagarse en una joya de culto?”

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| DR. JABBERWOCKY |

Pareciera que a Hollywood se le acaban las ideas cuando de producir nuevos contenidos se trata, no sólo me refiero al cine, por supuesto; la televisión, ese ideal noventero de historias y entretenimiento para muchos, ha llegado a su punto más álgido de experimentación, contribuyendo a la modificación de hábitos de consumo y, conforme los años pasan y la demanda aumenta, se nota más la inclusión de programas televisivos en las premiaciones de prestigio a nivel mundial, sin contar con la atención que las estrellas de cine acarrean al aterrizar su carrera a la pantalla chica, conformando una especie de nuevo Olimpo del entretenimiento.

Y si bien las bienes raíces del showbiz se han expandido a esta plataforma, la industria desea explotar un poco más sus productos de culto. Los grandes estudios están valiéndose de la segmentación en nichos para vivir de ciertos legados, como si las dádivas del pasado pudieran obtenerse tan fácil como defecar.

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Somos nostálgicos, pero no por ello somos tontos. Ahora nos quieren meter adaptaciones de contenidos rancios hasta en la sopa. Claro, no es algo nuevo, el cine viene haciendo remakes y reboots desde hace ya tiempo, e incluso solía ser más usual que algunas famosas series fuesen adaptadas a la pantalla grande, no en balde tenemos bodrios como Charlie’s Angels, Starsky & Hutch y Bewitched en los anales de lo peor que el séptimo arte ha parido.

Raro era cuando se daba el proceso contrario y la adaptación de un filme a la tele se convertía en un hit instantáneo. No vayamos más lejos, desde Buffy the Vampire Slayer no se veía algo así, ya ni pensar en que un experimento como éste resultara en una serie tan ovacionada y tan significativa para la juventud como lo fue la creación de Joss Whedon, como prueba está la temprana cancelación de Terminator: The Sarah Connor Chronicles.

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Hoy tenemos anunciadas adapataciones de todo, desde Scream hasta Friday The 13th, pasando por Evil Dead -con todo y el gran retorno de Sam Raimi a la televisión-, sin mencionar que 12 Monkeys ya se encuentra al aire. Podríamos reconocer los éxitos de Fargo o de Hannibal, pero tan sólo serían ensombrecidos por la gran cantidad de series adaptadas del cine que han fracasado o no han terminado de cuajar. Justo en esta categoría entra la última adaptación de Rosemary’s Baby por parte de la NBC, cuya transmisión se dio durante mayo de 2014 en Estados Unidos.

De entrada, innecesaria, la cadena norteamericana quiso “revitalizar” la obra literaria de Ira Levin al darle un tratamiento conceptual “diferente” al de Roman Polanski. Quien vio la cinta original de 1968, inmediatamente cayó bajo el hechizo de Mia Farrow, cuya elegancia al interpretar a Rosemary Woodhouse contrastaba con su proclive ingenuidad ante los eventos ocurridos tras mudarse al Bramford. Aquí, Rosemary representó un particular zeitgeist caracterizado por la preocupación de vivir en un mundo consumista, bélico y en un punto de transición entre los 60 y los 70, donde los aires posmodernos cobraron vida para instituir cierto dejo de nihilismo dos décadas más tarde.

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Aquella legendaria adaptación evidenció la falta de reconocimiento a la mujer como miembro integral de la sociedad por un lado y por el otro sirvió como comentario crítico hacia la violación y a la sexualidad. No significa por ello que el trabajo de Polanski y Farrow haya sido impecable, la cinta está plagada de incongruencias, agujeros preexistentes, y finalmente, personajes delineados de forma totalmente irreal, por los cuales rara vez nos interesamos, salvo por la aludida, claro está.

El intento de la NBC al poner a la directora polaca Agnieska Holland fue la de calcar el argumento central y actualizar la trama de acuerdo a la altura de los tiempos al hacer cambios significativos a la historia, ello con el fin de introducir a las nuevas generaciones a la historia de Rosemary. Protagonizada por Zoe Saldaña, la historia fue situada en París en vez de en Nueva York, quizá porque la Gran Manzana se ha vuelto demasiado familiar para los espectadores -como si no hubiese suficientes cintas desarrolladas en París ¿verdad?. Con una producción impecable, la cadena norteamericana dispuso la narración  en dos episodios de una hora cada uno, a los cuales se les añadieron detalles que intentaron fungir como relleno de los vacíos del guion, hecho que funcionó algunas veces y otras tantas se sintió estorboso, tal fue el caso específico de la subtrama concerniente a los anteriores habitantes de la morada parisina a la cual los Woodhouse se mudan tras aceptar la oferta de un par de extraños.

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La sombría elegancia que las presencias de Jason Isaacs (Lucius Malfoy en Harry Potter) y Carole Bouquet aportaron como la versión francesa de los Castevet fue por demás superior a la torpeza de sus contrapartes cinematográficas; empero, todo el froideur se cayó al carecer del sustento dramático necesario para volverlos personajes densos o memorables. A diferencia de Mia Farrow, Saldaña estuvo falta de magnetismo, cayó en un limbo unidimensional al presentarnos a una Rosemary “pendeja” y ajena a la actualidad si tenemos en cuenta el paranoico entorno social en el cual vivimos.

Resulta evidente el que la cinta original y la obra literaria funcionaran durante un periodo de tiempo, sin embargo estamos ante una historia con fecha de caducidad y eso quedó confirmado en la irrealidad subyacente en el personaje principal. Es que vamos, nadie puede ser tan idiota. La Rosemary de Saldaña conserva los impulsos misóginos con los cuales fue creada desde la obra literaria, tan característicos de una sociedad que despreciaba al cuerpo femenino de una forma totalmente distinta a la de hoy, así el argumento es passé y por lo tanto inverosímil. Hoy las mujeres tienen la facultad de decidir sobre su cuerpo, de denunciar el abuso y la violencia sufrida. Incluso las mujeres son más cabronas que hace veinte años, pero de alguna forma pareciera que la más reciente encarnación de Rosemary Woodhouse pertenece a una generación morlock.

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La producción de la NBC sirvió de comentario superficial hacia la clase privilegiada en tono de disgusto o de reclamo, una muy infundada crítica al clientelismo y al tráfico de influencias, pero nada más. Allí sí el diablo prefiguró como la persistencia de cierto orden social, cuya historia nada tuvo de innovadora, por el contrario, perpetuó las asociaciones simbólicas de lo satánico con la maldad corporizada en la burguesía, la cual nada tiene que ver con la maldad moral.

No cabe duda, creen que somos tontos, a los estudios y a las cadenas televisivas les encanta arruinar nuestras historias favoritas, usarlas de chivo expiatorio para generar ingresos a lo estúpidamente ¿lo entenderán algún día? Al final Rosemary’s Baby cometió el mismo error que From Dusk Till Dawn de Robert Rodríguez al agotar las posibilidades de su propia historia, entregándonos una adaptación medianamente entretenida y con unos cuantos momentos electrizantes mas ausente de visión, todo cortesía de los ejecutivos miopes de la NBC, “All Of Them Witches”.

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‘Secret Diary of a Call Girl’: La que no es puta, no disfruta

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| DR. JABBERWOCKY |

En cuanto a series se refiere, el Reino Unido se cuece aparte, ya lo mencioné al hacer mi lista de las 20 mejores series de 2014. Y es que no es para más, la isla es responsable de algunos de los más grandes iconos culturales del mundo, desde William Shakespeare hasta James Bond, pasando por The Beatles y algunas de sus grandes instituciones histriónicas, tales como Judy Dench, Michael Gambon y Helen Mirren, así como por la agudeza humorística de los Monty Python.

Es por ello que el talento británico siempre se ha mostrado como un baluarte cultural independiente del resto de Europa y si en esos términos pudiéramos enmarcar aquella nación, bien valdría enarbolarla como un micro continente por su propia cuenta.

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Habiendo rendido tal apología a los brits, no resta sino comedirse a lo que nos urge, sus series. La amplia variedad de su catálogo sólo puede ser opacada por la rareza subyacente en cada uno de sus shows, porque simplemente no hay tele como la producida por la BBC ni en el más independiente de los estudios norteamericanos. Sí, los británicos tienen Luther, Doctor Who, Downton Abbey, Sherlock y muchísimos otros blockbusters, por ello hoy toca recordar una serie que no fue un hit particularmente, pero que sobrevivió durante cuatro temporadas al extraño estilo narrativo característico de la televisión en aquel país.

Secret Diary of a Call Girl se estrenó hace ocho años -es imposible no sentirme viejo al reparar en la edad de la serie- a través de la cadena inglesa ITV y con Billie Piper en el protagónico al interpretar a Belle, una codiciada dama de compañía londinense. Entiéndase “dama de compañía” como eufemismo de prostituta, con todo y las connotaciones de la palabra.

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Así como en su momento Sex & The City implicó una fuerte sacudida para los espectadores durante su emisión, Secret Diary asumió una herencia televisiva que, pese a toda la crítica y los vapuleos de académicos y feministas, causó una consonancia tanto en hombres como en mujeres al cuestionar plenamente la sexualidad, aun si sólo la plantea superficialmente si la comparamos con series más actuales, específicamente Masters of Sex de Showtime y Girls de HBO, pero entonces si es así, ¿por qué este show sigue siendo relevante?

No sólo se siguió la tendencia de retratar tanto estereotipos como arquetipos femeninos comenzada por el programa de Sarah Jessica Parker, también se puso en duda el discurso feminista como si de un show sospechosista se tratase: ¿son las mujeres en todos los casos víctimas de objetificación por parte de una fracción del género masculino? Y más allá de ello, ¿es la prostitución el resultado de una sociedad que ha glorificado a más no poder el sexo o acaso se trata -en algunos casos- de mujeres que eligen ese camino porque disfrutan del sexo de una forma que la sociedad, en su estado más susceptible, no entiende?

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La prostitución no ostenta el título del oficio más viejo del mundo nada más porque sí y es cierto que en algunas civilizaciones anteriores a la aldea global gestada durante la segunda mitad del Siglo XX, la prostitución tenía un rol esencial para mantener el equilibrio de la comunidad. Con la liberación sexual se tomó conciencia de la inequidad de género y hoy es crucial para la sociedad el que se reconozca a la mujer como figura preponderante en el engranaje del progreso, sin embargo la prostitución ha sido relevada a una idea marginal en la cual el sexo y, específicamente, el goce de la mujer se mantienen aún en silencio.

Es un tema complejo lleno de claroscuros donde las sombras proyectadas por la trata de personas y el crimen son más relevantes que el plantear el goce sexual, y ahí es cuando la serie ofrece un razonamiento poco confrontado e incluso crucificado por parte de las feministas, ¿existe de verdad una mujer que desee prostituirse por voluntad propia? En una sociedad como la nuestra, afectada por las inclemencias del subdesarrollo y la falta de políticas públicas efectivas, es en extremo difícil asimilar la premisa de una serie como ésta, y aun con toda la riqueza y estabilidad del Reino Unido, el conservadurismo es un hueso duro de roer, pero que de alguna forma es más liberal, vamos que si hay una sociedad donde hombres y mujeres pueden emplear su cuerpo de esta forma es en una donde efectivamente la razón de hacerlo sea el placer y no la necesidad.

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Basada en el libro Secret Diary of a London Call Girl originado en las entradas de la bloggera Brooke Magnanti, quien narró sus experiencias como la prostituta profesional “Belle de Jour”, mientras pagaba por sus estudios de doctorado en la Universidad de Sheffield. La serie tomó ciertas libertades creativas enfocadas en las experiencias sexuales de Belle al darles un tono humorístico a la Sex & The City, pero sin olvidar el fuerte drama subyacente en la doble vida del personaje, el cual, conforme la narración avanza, pierde el control sobre su vida privada y su vida profesional.

Nunca se pierde de vista la cuestión sobre esa dualidad entre Hannah Baxter y Belle al punto de hacernos reflexionar si Hannah existe en realidad o si ésta es meramente una máscara elegida por Belle que se ve arrojada al exterior al tener el mínimo contacto con un representante de ese mundo ordinario, progresista, funcional y simplón. Dicha figura recae en Ben (Iddo Goldberg), el clásico y atractivo “mejor amigo” que desea ser “El Indicado”.

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Pese a la paulatina evolución de Ben, por su parte jamás se llega a una asimilación al diferenciar a Hannah y a Belle, y lo que es peor todavía, posiblemente ella tampoco encuentra esa resolución sobre quién es en realidad, aun cuando hacia el final de la serie y después de varios intentos fallidos por consolidar varias relaciones amorosas, queda más que claro, y por ese sencillo elemento distó de Sex & The City al no ir en busca del amor, sino del placer, hecho que le da un giro de tuerca inesperado a su argumento.

Vivimos en la edad del workaholism, donde el trabajo no sólo constituye un pilar que en breve ha ido desplazando al sustento principal representado por las relaciones familiares y las amistades. Hoy ser adicto al trabajo implica el arraigo a un entorno social estable, cómodo, diverso, aunque no necesariamente satisfactorio, basta simplemente voltear a ver al conocido godínez cuya existencia es miserable al desconocer las mieles de la libertad. Está también el otro extremo habitado por unos cuantos bienaventurados apasionados por su empleo, cuyo alto precio es el de la soledad pero sin el cual vivirían vacíos, atrapados entre lo mundano y Belle es quizá uno de los grandes exponentes ficticios de este otro lado de la moneda.

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El show fue atacado por los críticos al retratar su vida como un bonito promocional de Cosmopolitan, donde las mujeres son motivo de objetificación sexual por parte del género masculino y donde ellas juegan un papel crucial en la preservación de ese paradigma. Allí donde las feministas restan validez al estilo de vida que gira en torno a esa relación entre placer sexual y dinero, allí donde los académicos y críticos culturales descalifican cierto modus vivendi, se gesta la inequidad de género, desde que se impone la idea fascista de “está mal ser una puta”.

Si bien el personaje de Samantha Jones en la ya mencionada serie de HBO transgredió esquemas al celebrar la facultad de asumirse como una mujer exitosa, hermosa, glamurosa, adinerada y que gozaba plenamente de su sexualidad sin la necesidad de atarse a una sola persona, tan sólo podemos considerarla como prototípica y pionera ante una televisión machista y un público listo para personajes más palpables, con mentalidades más abiertas y a la altura de los cambios sociales. En este tenor, la Belle de Billie Piper surgió como un horizonte nuevo del extremo introducido años antes, en el cual la mujer no sólo es exitosa, hermosa, glamurosa y adinerada, sino que además vive de su sexualidad y es feliz trabajando como prostituta, aunque no por ello Secret Diary of a Call Girl nos haya presentado una utopía sexual, sino de un soliloquio frente al espejo.

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La subversión de los roles de género estereotipados aún en pleno siglo XXI tan sólo se vieron contrastados con la opacidad representada durante las experiencias de Belle con sus clientes, ello al evidenciar, aunque fuera de forma superficial, los grandes peligros que conlleva seguir un camino como ese, desde la posibilidad de ser contagiado de alguna enfermedad, hasta ser víctima de un intento de violación. Los clientes fungieron como casos de exploración a sexualidades extraordinarias pero reales, donde las parafilias son el pan de cada día, pero donde también la comunicación entre extraños alcanza un nivel más profundo que aquel desarrollado en una relación de años. Aquí, la prostituta no sólo la hace de compañera sexual, también debe ser psicóloga, figura materna y hasta heroína de sus clientes al realizar hazañas hasta ese momento reprimidas en la vida de pareja.

El rico contexto de Secret Diary la hace muy disfrutable, pues aunque no se toma tan en serio su papel iluminador, establece un diálogo con el espectador al romper el cuarto muro y compartir las reflexiones de Belle en varios sentidos. Lejos de la perfección, su última temporada fue rimbombante, su narrativa tendió a la exageración y de pronto se vio forzada debido a su corta duración. Belle no alcanzó a evolucionar o aspirar más allá de su natural ambición, sin embargo el personaje posee lo necesario para entender los shows de hoy, pues fue el primero en hacer que su se introdujera como “una puta” en sentido literal y no se avergonzara de ello.

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Una mujer que goza no es una puta, es una mujer; y una mujer que goza y que cobra, lo es. En el personaje de Billie Piper se vislumbra un viraje en la connotación de nuestro lenguaje al sustraer el elemento peyorativo del término “puta”. Putas o no, nos referimos a seres humanos sea cual sea su oficio; en todo caso son nuestros prejuicios y la intolerancia lo que nos resta valor y es precisamente hoy cuando este tipo de personajes pioneros sirven de inspiración para superar la discriminación, los atavíos morales y la represión sexual, nos ponen a prueba al impulsarnos a respetar los estilos de vida de cada quien, pues bien dicen por allí, “la que no es puta, no disfruta”.

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