Cuando el mundo no basta: ‘House of Cards’ temporada 3

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| DR. JABBERWOCKY |

Recuerdo muy bien que de chavito no tenía tanto interés en los temas de adultos como me ocurre ahora, es bastante lógico. Por aquella época, era común la emisión de spots políticos entre caricatura y caricatura, mismos aparentemente destinados al aburrimiento de los morrillos, quienes, sin más ni más, preferíamos apagar el televisor, vamos, no todos fuimos tan afortunados de tener una consola para distraernos. Hoy las cosas han cambiado, gozamos con los dimes y diretes de la polaca, pero más, de imaginar intrigas.

Ya sea porque somos grilleros sabiondos o porque somos adictos a la tensión, House of Cards siempre ha parecido como uno de los más accesibles dramas que logran captar esa adicción adquirida por el escándalo en las esferas del poder, ¿o qué? ¿Leen Newsweek sólo por enterarse del día al día? Al final el chisme se camufla de noticia.

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La serie de Netflix ha dado de qué hablar desde su gestación tanto como Scandal o The Good Wife lo han hecho, y es que en verdad el drama político de hoy es firme heredero del affaire entre Bill Clinton y Monica Lewinski durante los noventa.

Resulta hilarante la imaginación de los guionistas y productores a la hora de ver lo descabellado de las maquinaciones entre los aristócratas norteamericanos y es que para quienes somos ajenos a ese entorno, no podemos sino recrear un tipo de intriga muy similar en nuestras ignorantes cabecitas, pese a cualquier representación exagerada.

Ahora sí, hora de SPOILERS. 

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En su tercera temporada, los Underwood nos dan moralejas de humildad, no tanto porque la pareja más poderosa del mundo tenga en lo alto tal concepto, su arrogancia nos ha dejado apreciar que hacer política con puño de hierro es una espada de Damocles, y en veces la retribución asesta su golpe por el lado donde el punto ciego es vuelve causante de más de una fatalidad.

Tras superar el cansado “estira y afloja” entre Frank y el empresario Raymond Tusk el año anterior, el ex congresista muestra su lado más humano a la fecha al derrumbarse cuando su ambiciosa iniciativa, America Works, se ve frustrada ante la oposición republicana sumada a la de su propio partido en el momento en que estos retiran su apoyo al plan de reelección a la presidencia.

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En su propia versión de “la noche triste”, el POTUS se desmorona entre sollozos ante la impotencia, sin embargo, enfundado desde el berrinche. Claire ha figurado todo este tiempo como la mano derecha del Comandante en jefe, pero si alguno llegó a pensar que Claire era su única y verdadera debilidad, el giro de tuerca hacia el final de la presente temporada da una lección que a más de uno habrá de dejar boquiabierto.

Quizá el personaje más sorprendente continúa siendo Claire, aunque esta vez ha gozado con altibajos en su popularidad entre los espectadores, a diferencia de lo ocurrido entre los votantes, donde ha sido acogida. De alguna forma, el personaje interpretado por Robin Wright comienza a sufrir de los mismos contragolpes que Skyler White en Breaking Bad por ir a contracorriente de su esposo y aunque no estoy del todo de acuerdo con el repentino cambio en Claire y toda la sensiblería casi desbordante que guió sus acciones durante esta temporada, especialmente durante su enfrentamiento con el Presidente Petrov, es innegable que funcionó como un gran game changer.

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Podrán decir que la Primera Dama ha estado errática últimamente y concuerdo, le bajado dos rayitas a la mujer fría y despiadada heredera de Maléfica que apreciamos en las temporadas anteriores, aunque ello no signifique necesariamente su conversión al bien más puro, esto es House of Cards, no Touched by an Angel y ello quedó sentado durante el corrosivo encuentro entre ella y el embajador ruso en el sanitario de damas o en su amenazador acercamiento a la embajadora de Israel al tiempo de obligarlos a cooperar por el plan de paz en el Valle del Jordán.

La política es sucia y Claire se ha vuelto casi un mártir de ella pese a demostrar su funcionalidad. En una sola temporada ascendió a embajadora de la ONU; se embolsó a la Secretaria de Estado, Cathy Durant; fue humillada por el presidente ruso; presenciar el suicidio de un activista la llevó a voltear el juego al mismo Petrov y a arruinar los planes de su marido de un tirón; y finalmente, su cabeza fue entregada en bandeja de plata en orden de resolver un conflicto en la frontera de Jordania, poniéndola de vuelta donde empezó.


anigif_enhanced-13229-1425669036-2No quiero alarmar a nadie, es tan sólo mi perspectiva y creo que la serie de Beau Willimon ha perdido un poco su encanto, su agudeza y la elegancia que le distinguió en la primera temporada, aunque no pierda ni de lejos su ambición. Esta ocasión ha optado por presentarnos a varias instancias contrarias al tremendo Frank en diversos frentes en vez de proponer a un contrincante digno.anigif_original-grid-image-20882-1425669063-12

Si bien el Congreso y la diplomacia rusa le pusieron contra la pared, no lograron medrar su voluntad ni un poco y hacia el final, cuando Heather Dunbar se postuló a la candidatura por la presidencia, todos imaginamos una cacería de brujas encabezada por la susodicha protectora de la Constitución, gran sorpresa nos llevamos al verla caer en la misma cloaca de sus oponentes: más rápido cae un hablador que un cojo.

House of Cards ha preservado su fascinación por sembrar impacto y sorpresa en el espectador, elemento que durante su segunda temporada le resultó un éxito no sin accidentes, habrán de recordar cuando Frank, Claire y Meechum, sostienen relaciones sexuales o más todavía, el homicidio de Zoe Barnes.

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Aunque he de confesar que la intriga se ha visto minimizada en favor de una serialización más pulida del conflicto político, tal como en su momento hizo The West Wing, el drama no ha dejado de hacernos salivar de ansiedad en momentos como el debate entre candidatos, donde Jackie Sharp salió a relucir como el bulldog de un dueño malintencionado.

En esta entrega quien no dejó de sorprender fue el presidente ruso Viktor Petrov, interpretado con gracia por Lars Mikkelsen en una alegoría a Vladimir Putin. Más que una crítica a la política interior y exterior de Rusia, la puesta en escena puso en evidencia, más a forma de comentario, la soberbia del mandatario, la cual va muy de la mano con la idiosincrasia existente en aquel país, aunque no haya aportado nada concreto salvo una pincelada bien ejecutada que brilló más por sí misma, que por el cameo insignificante de las Pussy Riot. Sí, hizo enfurecer a Frank, pero el contacto con Claire (del beso en Washington a la humillación en Moscú) dio origen a la tormenta perfecta.

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Por su parte, Frank siguió dando muestras de cómo su tiranía ha rendido frutos hasta ahora, pero ¿por cuánto tiempo más? Su arrogancia le ha llevado a perder todo aunque su astucia lo ha equilibrado. Con cada vez menos aliados, AmWorks pasó de ser el robo del siglo tras succionar los fondos de FEMA, a ser polvo en cuestión de horas tras la amenaza de un huracán más fuerte que él, un meteoro con trayectoria hacia la Costa Este.

Estuvimos ante un Frank Underwood con temple férreo, como ha sido de esperar y en consecuencia su crecimiento ha sido nimio, mas la notoria apatía sentida hacia él por parte de su gabinete, sus conocidos y los votantes lo han desequilibrado, si ha logrado mantenerse a flote ha sido gracias a la popularidad de Claire.

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Esta tercera temporada ha sido por mucho superior a la anterior, pero no todo ha ido viento en popa, las inconsistencias en la trama han sido arrastradas más allá de lo sostenible y como prueba está todo lo relativo a Doug. Pese a la magnífica y siniestra actuación de Michael Kelly, a quien al divisar su silueta en aquel pasillo oscuro la primera vez que contacta a Dunbar no hace sino causar escalofríos, su alcoholismo, la paranoia, sus tratos con el hacker Gavin, la estúpida subtrama de Rachel Possner y sus intentos por recuperar la confianza de los Underwood mediante la manipulación de Heather Dunbar se sintieron forzados, patéticos, innecesarios y torpes, especialmente hacia la conclusión.

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House of Cards ha llegado a un punto en el cual su historia se está estirando rumbo al absurdo. El pivote que implicó la inclusión del escritor Tom Yates funcionó como un gran catalizador entre el desplome de Claire y la confesión de Frank, pero a últimas se topó con pared y en el final, los guionistas le restaron lirismo.

Se ha vuelto inconsistente porque no puede voltear a ver consecuencias fuera de lo predecible, comienza a abordar giros muy melodramáticos y sus personajes secundarios están sumidos en la unidimensionalidad ¿o es que alguien va a llorar la renuncia de Remy Denton?

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Obtener la Casa Blanca ha resultado sencillo y apresurado, pero esta tercera entrega ha puesto a los Underwood a quebrarse la cabeza por conservar su hegemonía, lo cual les ha venido en forma de retribución y de ruptura, jamás la pareja se había encontrado en tal cisma.

No hace falta que esperen por un adversario digno, ese final de temporada nos lo revela con una poderosa puesta en jaque para toda la administración actual y lo que venga, y nadie lo vio venir, lo cual, a pesar de cualquier intención telenovelesca, se sostiene esencialmente como repercusión de dicho cisma ante el proclive talante del personaje interpretado por Kevin Spacey, quien habrá de menguar su severidad de querer ganar las elecciones el próximo año.

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A Frank se le están acabando las cartas, la manipulación sólo puede funcionar como impulso unas cuantas veces porque House of Cards no es Scandal, su ambición pareciera ir en serio pero no lo logra debido a la enorme cantidad de vicios narrativos sobre su espalda.

El más grande problema de esta extraordinaria serie es que el mundo no basta para alcanzar la última satisfacción, en consecuencia, al no tener claro en qué estriba dicha satisfacción, el mundo se mantendrá inalcanzable.

¿Por qué tanto hype? No es la serie vanguardista que nos venden, es evidente, mas con todo sigue siendo en extremo disfrutable al debatirse entre su fantástica beligerancia y la aquiescencia del espectador, dure lo que ésta deba durar.

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